Te apareces
y detrás de tuyo se aparece todo un telón, profundísimo telón blanco brillante
caótico y te acercas, y venís con la fuerza de una locomotora a toda
tranquilidad.
Venís y
abrís tus brazos, y me das un abrazo, de esos abrazos fuerte, muy fuertes como
un algodón de azúcar, quizás un poco más dulce y menos preocupado. Y alrededor
no hay más que ese telón blanco, y aparecen burbujas de peluche y chispas de
chocolate, y un hermoso sol violeta que
nos ilumina en penumbras con sus firmes y serpenteantes rayos; Y a nuestros pies
aparece una hermosa alfombra de sabores exquisitos. Y abrazados, nos sentamos
en ella y paseamos, dormimos, jugamos, sin soltarnos y en ese andar casi sin
rumbo, me agarra una taquicardia de caramelos, y me dan ganas de apretarte,
esas mismas ganas de apretar, que tiene un niño a su cachorro. El ambiente se
llena de aroma a flores de colores escurridizos, y el abrazo se prolonga y los
planetas no dejan de jugar alrededor. Un arco iris tibio nos atrapa como un
lazo y nos lanza al fin! El fin de todo, y nos lanza al inicio nuevamente dejándonos
un resabio amargo, amargo como hiel pero necesario, necesarísimo.
El abrazo
continúa, siempre continúa y viajamos y soy y dejo de ser, y sos y dejas de
serlo, pero continúa, porque siempre somos, no importa si en un momento dejas
de ser vos porque siempre vas a volver a serlo.
Y el calor,
el frió, el viento la lluvia, la humedad se conjugan en un clima que solo deja
crecer mimos, de esos mimos de niños. Y nos escondemos donde todos nos pueden
ver, y jugamos a las escondidas sin importar que nadie nos busque.
Y se puede
ver mas allá un eterno y placido descanso seguido de un rico desayuno y todo es
potencia y todo es, y nada es, y nada quizás sea el todo y todo un enigmático
nada.
Las risas
anegan los momentos, dejando después desiertos de silencio cálidos e incómodos,
y subimos, paseamos bajamos, paseamos, paseamos subimos y volvemos a subir para quizás nunca bajar.
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